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Prólogo a la edición en español de All In: ¿Por qué publicar en Latinoamérica un libro escrito por personas europeas?

Escribiré desde el yo, un yo anónimo pero no universal, un yo que tiene un pálpito, una intuición de que vale la pena insistir en que lean (aunque sea rápidamente) este libro que tienen frente a ustedes. Ojalá les haya llegado porque alguien lo recomendó, aunque es probable que se lo cruzaran por casualidad en la mesa de una feria militante, rodeado de libros marxistas, anarquistas o ambientalistas.

He hablado de este libro con personas que se identifican en estos tres ámbitos ideológicos y pretendo tomarme un espacio de este prólogo para dialogar un instante con las reticencias que recibí.

Las autorías hablan desde un lugar llamado Europa, así como desde sus vivencias y sentires, lo cual por obvias razones no resuena de la misma manera con quienes vivimos del otro lado del charco. La herida colonial sigue abierta en Nuestra América y el capitalismo determina nuestra vida cotidiana desde una relación desigual con respecto al Norte global, pero las resistencias que aparentemente nos ponen en lugares distintos tienen un mismo origen.

Acá las palabras resuenan diferente porque aquí existen formas de autogobiernos y rincones donde el estado capitalista todavía no determina todos los aspectos la vida comunitaria; porque tenemos organizaciones revolucionarias (y puede que allá también, pero las sentimos distantes y distintas); porque existe el ejemplo de autogestión territorial de las comunidades afro, negras, raizales, palenqueras, quilombolas e indígenas que suman vastas extensiones de territorio que aún no ha sido acaparado por el capital.

Resuenan diferente porque producimos la comida que comemos; porque el costo de comprometerse con una transformación radical del sistema no parece tan alto si se mide frente a la miseria que nos rodea a diario; porque las contradicciones de clase son más agudas y se viven y sienten en la carne. Resuenan diferente porque acá son más las personas que saben que el capitalismo nunca resolverá sus necesidades, aunque en muchos casos esa certeza no lleve a creer que se pueda vivir en una sociedad libre, emancipada. Resuenan diferente porque hace mucho tiempo que el cambio climático hace parte de las realidades cotidianas del Sur global, porque nuestras economías ya han colapsado sin rescate estatal varias veces y seguirán colapsando a manos del Fondo Monetario Internacional, del Banco Mundial y otros entes especuladores.

Nos han negado nuestras maneras de pensar y relatar nuestras epistemologías, por lo que asumir una vez más la labor de leer otro libro escrito en Europa e “importado” a Latinoamérica nos da algo de pereza, así esté traducido a fuerza de aportes solidarios y esfuerzos voluntarios. Puede ser que nos preguntemos por qué leer un libro construido en torno a la (sencilla) idea de unirnos en un gran movimiento mundial para hacer la revolución, pues parece obvia, tan obvia que nos parece innecesario gastar tiempo, tinta y papel para analizar siglos de lucha sus métodos y sus límites — uno de los cuales es la guerra en la que se embarcan una y otra vez en todos los ámbitos de la vida para conquistar y adueñarse de todo—.

Sin embargo, tengo una corazonada y es ella quien me motiva a invitarte a leer este libro desde un genuino interés por conectarnos y enunciarnos desde un lugar más común de lo que pensamos o queremos reconocer. Déjate llevar por estas palabras que, aunque escritas por una nueva generación, vuelven a algo tan sencillo y conocido como que el problema es la lucha de clases, porque “desastre ambiental” es otra manifestación del proceso de despojo y guerra que la avaricia capitalista impone sobre miles de millones de personas empobrecidas en todo el mundo.

Te invito a leer este libro evitando la trampa del reflejo y cambiando el espejo por una ventana que te permita ver más allá y reconocer esas otras realidades que dialogan, tal vez esta sea la única forma en la que podamos encontrarnos en medio del océano para enunciarnos colectivamente y enfrentar las tormentas de manera conjunta. Déjate llevar por la apuesta de planear para la victoria.

Apostarle a la unidad ¡YA!

Como personas revolucionarias, izquierdistas, activistas o como queramos llamarnos ¿qué hemos hecho en el último siglo y medio?, ¿cuánto nos falta para cambiarlo todo ante la urgencia climática? Estas son las preguntas urgentes que el libro All In nos invita no solo a plantear, sino también a resolver.

Las autorías inician los primeros capítulos del libro con una dosis de realidad que nos permite “Recuperar la sobriedad” y hacer “Un balance”, después nos invitan a “Tomar las riendas”, organizarnos, “Aterrizar”, asumir la responsabilidad y, finalmente, “Planificar para la victoria”. Quizás de eso se trata este libro y la decisión de difundirlo en Latinoamérica: de creer en la posibilidad de una victoria de las personas oprimidas, de salir de la dinámica resistir-aguantar-sobrevivir y dejar claro que no hay sobrevivencia sin una victoria sobre las estructuras capitalistas coloniales que están dispuestas a destruir el mundo por su sed de dinero y poder.

La mayoría de las personas que tienen hoy este libro entre sus manos hacen (o han hecho) parte de una organización, un colectivo, un movimiento, un partido o todo lo anterior. Tenemos plataformas, reivindicaciones, nos movilizamos todos los días… hacemos grandes o pequeñas cosas. Sin embargo, sigue siendo más fácil imaginar el colapso que imaginar el mundo por el que luchamos: un mundo donde quepan muchos mundos.

Las cuestiones ambientales forman parte de nuestras luchas cotidianas, pero todavía cuesta actuar sobre el hecho que el capital, la lucha de clases, el despojo colonial, la estructura patriarcal y la crisis ambiental son parte de un mismo sistema, de un enemigo común.

Cuando hablamos de desempleo, desplazamientos forzados, migraciones masivas, empobrecimiento, epidemias o falta de acceso a la atención médica, a una alimentación saludable o a la educación, en realidad estamos hablando del mismo problema: la clase capitalista y sus intereses. Y estos entran en contradicción con la vida misma.

“Este libro es una herramienta de reclutamiento. No te estamos reclutando para una gran ola de acción o una conferencia importante como parte de un plan ya existente. Queremos construir contigo un plan que tenga como objetivo la victoria”, nos dicen las autorías en el capítulo 5. Pero no se ilusionen, falta un capítulo para cerrar el libro, el famoso capítulo 6 en el que nos embarcamos en la construcción del plan, una responsabilidad para quienes asumiremos la tarea de escribir las páginas del libro de la historia.

Este libro ya lleva unos meses andando por Nuestra América y en ese tiempo ha retomado tres grandes debates por resolver: la unidad, el colapso o límite climático y la guerra.

1) La unidad

No es sencillo escribir sobre la unidad cuando ya existen tantas plataformas internacionales y movimientos de masas en África, Asia, Nuestra América y hasta en Europa y las islas del Pacífico que se definen como revolucionarios. Al hablar de unidad podemos escuchar unos suspiros exhaustos de intensas agendas globales en este primer cuarto de siglo.

A principios del siglo XXI la lucha contra el capitalismo se reactivó con movilizaciones masivas contra las reuniones de las élites mundiales, como el G7, el G20, las cumbres de la OMC y la Cumbre de las Américas y el victorioso movimiento continental contra el Área del Libre Comercio de las Américas (ALCA). Cada cumbre fue acompañada de un costoso despliegue policial y la tradicional represión desmedida contra las movilizaciones masivas, en las que participaron personas encapuchadas que atentaban contra bancos y otros establecimientos emblemáticos del capitalismo globalizado. La complementariedad entre acción directa y movilizaciones de masas alimentaron décadas de debates sobre diversidad de táctica. Quienes rondábamos los 20 años en esta época pensábamos que en cinco años habríamos terminado, incluso lo afirmábamos a otras personas con toda la seriedad del mundo. Pero las cumbres, que hasta ahora se hacían en grandes capitales globales en las que era sencillo converger, fueron trasladadas a lugares remotos con zonas aledañas militarizadas que hicieron imposibles las movilizaciones masivas. Mientras se iba apagando el fuego de los movimientos contra la globalización y contra la guerra en Irak, quienes antes nos movilizábamos tuvimos bastante que hacer defendiendo a las personas detenidas y exigiendo justicia para las personas asesinadas.

De forma paralela se fueron desarrollando Foros Sociales Mundiales (FSM) que pretendían apalancar transformaciones regionales bajo las banderas del socialismo del siglo XXI, para el que Latinoamérica era un epicentro. Las ONG y las plataformas antiglobalización fueron asumiendo la logística de estos encuentros, pero rápidamente empezaron a asumir también el liderazgo político. Esto llevó a construir agendas de mitigación y convivencia con el capitalismo, lo cual nos alejó cada vez más de la búsqueda de un proyecto emancipatorio anticapitalista. Nos quedamos ante una cooptación total de las iniciativas políticas por parte de algunas ONG del norte que fueron creando sus equivalentes en estas latitudes, proceso en el que monopolizaron los recursos y la agenda de los movimientos sociales en un esfuerzo casi evidente por evitar que estos últimos se convirtieran en fuerzas revolucionarias, y entonces nos ocuparon con la excusa de la incidencia, los talleres de capacitación y otros intercambios. Hay quienes buscaron mantener la radicalidad en estas estructuras, pero les detuvieron con recortes de fondos que se hacían más profundos con cada nueva ola de derechización en los gobiernos de los países financiadores. Y hay quienes han mantenido colectivas, estructuras comunitarias y organizaciones de masas, pero siempre sin recursos y bajo una fuerte represión.

Entonces las masas se reunieron para protestar contra las COP climáticas pues, aunque al principio se celebraban en lugares bajo dictaduras para evitar las protestas, desde 2024 encontraron un nuevo método: reunirse en países con gobiernos progresistas de Latinoamérica. En estos la presidencia da la orden a los movimientos de no organizarse contra el evento y, a cambio, organiza una feria de “consumo verde” con sabor anticapitalista para que no hagan ruido mientras los actores capitalistas negocian sus cuotas.

Ese proceso fue acompañado de las “olas progresistas” del continente, que con el tiempo fueron incluyendo experiencias muy distintas: procesos revolucionarios, gobiernos socialdemócratas y hasta gobiernos contrarrevolucionarios; por lo que dejan un balance bastante preocupante. Al negociar con la derecha para sobrevivir a la amenaza golpista del imperialismo varios gobiernos se convirtieron en el instrumento para acabar con las células revolucionarias en su país y en la región. En el mejor de los casos estos gobiernos se han limitado a ser un actor de la alternancia de la democracia burguesa (un gobierno de derecha seguido por un gobierno progresista) y crearon válvulas de escape ante la presión de los movimientos sociales y sus demandas. Los movimientos sociales, por su parte, se acomodaron en la institucionalidad y en la ilusión de estabilidad que genera la (inevitable) dependencia económica.

Parte del campo popular internacional se pregunta hoy si es posible acumular para la revolución o si debemos limitarnos a las luchas progresistas en medio de la transición a la multipolaridad. En el capítulo “Fingir aún más” encontramos elementos centrales de la contradicción unidad vs. reformismo:

[…] el Plan de Acción del Movimiento lleva a las personas activistas a pensar en términos de cuestiones únicas. Ocurre una transformación y entonces pasamos al siguiente ciclo y así sucesivamente, lo que significa que no se puede aspirar a nada sustancial. La tipología disciplina a todas las personas en el movimiento a pensar en términos tácticos, a hacer alianzas inesperadas y quizá incoherentes y a moderar sus críticas al sistema.
Incluso si inicialmente tienes una base anticapitalista, el Plan de Acción del Movimiento te entrena a pensar en términos reformistas, en términos mecánicos y sin consideraciones sobre el conflicto estructural de clases. La dialéctica hace el resto del trabajo: primero tus palabras, luego tus conceptos, tus marcos de referencia y gradualmente tus objetivos políticos se domestican para encajar en los ideales liberales burgueses.
Necesitamos planes a nivel de movimiento para cambiar el sistema. Nada menos.

Hoy tenemos la necesidad urgente de preguntarnos: ¿es posible que nos encontremos entre personas reformistas y revolucionaras para tejer desde la complementariedad? Una vez más, ¿qué hacer, reforma o revolución? y ¿qué pensamos desde Nuestra América?, ¿qué nos acerca más a un mundo habitable?

En un mundo capitalista, ¿es posible reconciliar nuestras propuestas de reforma agraria, transición energética real y soberanía económica y militar? Y más importante aún: ¿somos capaces de unirnos con otras personas, movimientos o colectividades en vez de esperar que se unan a nuestra apuesta?

2) El colapso o límite climático (2030)

All In nos invita a construir rápidamente un movimiento disruptivo por la justicia climática que acepte la tarea de lograr un cambio de sistema para 2030. Pero lo cierto es que tal fecha límite es también un debate. La pregunta es si es pertinente o no afirmar que debemos hacer la revolución en solo 5 años, 5 años a la hora de escribir este prólogo, probablemente será menos tiempo para cuando lean este libro.

Cuando has dedicado 10, 20, 30 o 50 años de tu vida a darlo todo por la causa y te encuentras con un grupo de jóvenes que te dicen que tienes que darte prisa porque “solo nos quedan 5 años”, resulta difícil no reír. Algunas personas consideran que tenemos que prepararnos colectivamente porque la catástrofe ya llegó, el fascismo está creciendo en todas partes, los poderes lo están militarizando todo porque saben exactamente lo que se avecina, lo han planeado durante siglos. Y la verdad es que, mientras las autorías ven el tema climático como la contradicción principal, otras lo ven como otro nicho al lado del feminismo, de las luchas cuir y trans, del antifascismo, del antirracismo y un largo etcétera.

Si realizáramos una asamblea de todos los procesos anticapitalistas del mundo escucharíamos argumentos sobre cómo la lucha es contra el imperialismo, por la tenencia de la tierra, contra la deuda externa y el FMI, por la liberación de Palestina, por Kurdistán… El movimiento anticapitalista mundial se caracteriza por la dispersión de sus agendas de lucha, lo cual da lugar a diferentes comprensiones de la realidad y, por lo tanto, de distintas formas organizativas y métodos de trabajo. Esta sectorización ha llevado a una oposición entre sujetos del campo popular.

El diálogo entre los movimientos de masas del Sur global (históricamente anticapitalistas) y el movimiento climático antisistema del Norte no ha sido sencillo. Esto se debe a la compleja historia de falsos antagonismos entre las luchas territoriales, proletarias y ecologistas. Desde los años 80 gran parte del movimiento ecologista ha respaldado políticas públicas que buscan culpar a las personas consumidoras (que resultan ser también las personas trabajadoras) del despilfarro energético y medioambiental, con lo cual no solo les lavan las manos a las grandes empresas, sino que intentan ocultar un secreto que ya es vox populi: que las empresas son las responsables del desastre.

Consignas como que “la salida a la crisis climática no es de izquierda o de derecha, sino una cuestión de sobrevivencia de la humanidad” han ido tomando fuerza y ganando eco. Este tipo de narrativa ha tenido consecuencias negativas para los movimientos, como avalar algunas de las falsas soluciones que el capitalismo propone para enfrentar la “crisis ecológica”, entre las que destacan proponer cambios tecnológicos en vez de sistémicos o mercantilizar el daño ambiental. Además, la recuperación de discursos ambientalistas contra las personas trabajadoras, en los que se les culpa por el daño ambiental, ha generado una falsa división en las últimas décadas entre el movimiento climático (en gran parte juvenil) y los movimientos de las personas trabajadoras. Tal división parece crear la ilusión de un debate entre quienes pretenden salvar la humanidad en su totalidad y quienes ven que la lucha es por la sobrevivencia de las personas empobrecidas. Estas tendencias han depositado una nueva carga, ya que nos obligan a emplear nuestro tiempo en revertir sus consecuencias y en comprender, una vez más, que son las contradicciones “capital vs. naturaleza” y “capital vs. trabajo” como elementos centrales de las relaciones sociales capitalistas las que podrían desencadenar un nuevo auge de la lucha de clases y hacernos elegir finalmente el socialismo frente a la barbarie.

Tanto las reivindicaciones laborales como las ambientales solo pueden satisfacerse si hay una superación real del capitalismo como forma de organizar la producción y la sociedad, y esto implica desarrollar las agendas sectoriales al tiempo que se converge con propuestas que pongan en equilibrio la relación trabajo-naturaleza. Las autorías proponen otra mirada sobre la crisis climática: no importa si estás hablando de ella o no, lo que importa es que la naturaleza y las condiciones para la existencia de la vida nos imponen un plazo para ganar todas y cada una de las luchas sociales.

3) La guerra

Si estamos de acuerdo en la necesidad de salir del capitalismo, entonces ¿por qué no lo hemos logrado?

La intensificación de la guerra por el control de los minerales para la supuesta transición energética está empeorando las condiciones de vida de la mayoría, lo que conduce a mayores conflictos y revueltas. Los movimientos ambientalistas que se enmarcan en la lucha de clase y militan por la superación del modo de producción capitalista se han enfrentado a la represión.

Es un hecho que la masividad de las protestas climáticas intimida a los gobiernos, podemos encontrar evidencia de esto en el hecho de que el gobierno francés diera la orden de prohibir el movimiento del levantamiento de la tierra o que los servicios secretos estadounidenses lleven 20 años priorizando la “amenaza del ecoterrorismo” en sus análisis de riesgo, por dar algunos ejemplos del Norte global.

En el Sur global estas formas de guerra son más despiadadas. Desde las luchas en defensa del agua en Bolivia a las resistencias a la minería en Guatemala, pasando por el despojo sistemático de las comunidades indígenas de toda la región para el desarrollo de megaproyectos, la defensa de los territorios bajo todas sus formas de lucha cuenta con centenares de asesinatos que podrían llenar miles de páginas de denuncia ante las cortes internacionales cada año. El motivo profundo de las guerras en Nuestra América siempre tiene en el centro la apropiación de vastas extensiones de tierra y la aniquilación de las formas de vida armónicas con el territorio, que son juzgadas como improductivas.
En Nuestra América, así como en otras zonas del mundo, la guerra imperialista de Estados Unidos utiliza todas las estrategias a su alcance para aniquilar cualquier amenaza por insignificante que parezca. Así, recurre a bombardeos a la población civil en el marco de su guerra anti-insurgente, a tratar la protesta social como si se tratara de una guerra con sus respectivos asesinatos selectivos, criminalización, detenciones arbitrarias, infiltraciones y atentados de falsa bandera para confundir a los pueblos.

La represión tiene varios efectos: por un lado desgasta los movimientos y, por otro, los obliga a realizar cambios tácticos que terminan por dejar caer en el olvido la palabra revolución. Esto nos deja con un nuevo problema, y es que si las personas revolucionarias no hablan de revolución entonces nadie lo hará. Pero así como el dolor nos golpea a diario, también lo hace la alegría de sabernos con compañía y apoyo incluso en medio de la tempestad, y lo cierto es que la solidaridad también radicaliza, potencia y aviva las llamas de la resistencia, como se evidencia en Sahel, en Asia Pacífico y en todo el mundo.
Vivimos en una guerra continua que, si bien se construye a través de diferentes narrativas en distintos momentos (la guerra contra el comunismo, el socialismo, la droga, el “terrorismo”…), siempre opera bajo el mismo objetivo: el despojo del territorio y los bienes naturales. Esa aparente sucesión de catástrofes que nos intentan vender a través de los medios —así como la crueldad sin sentido que desatan— busca despojarnos también de la esperanza; por eso tenemos la responsabilidad de aferrarnos a ella como parte de nuestras luchas.

El lema “Siempre en defensa de la alegría y la esperanza” se ha convertido en la bandera de la lucha de las personas privadas de la libertad. Cada vez que asesinan a alguien se puede escuchar al unísono un grito que reclama: “Quisieron enterrarnos pero no sabían que éramos semilla”. Estas y otras consignas son parte de una ética de la vida que se niega rotundamente a la derrota, son una reivindicación permanente de la felicidad, no como algo que se pueda alcanzar individualmente sino como algo que nace de nuestros vínculos, del tejido social armónico con su entorno. Es esa fuerza de los territorios para la vida la que nos hace invencibles a pesar de la fuerza que busca aniquilar nuestros sueños. Es la raíz de esa esperanza inalterable en la posibilidad del cambio revolucionario si nos organizamos para ello. Así que no temamos apostarlo todo, vamos All In ¡es ahora o nunca!


Este prólogo fue escrito por varias y diversas manos.
Es fruto de conversas colectivas entre personas involucradas en movimientos sociales en Colombia y Guatemala que apoyaron y acompañaron el proceso de traducción.

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